El podador de rosas
LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA
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Ella era la mujer de mi abuelo, la única persona que me inspiraba cierta permanencia en las cosas y en las emociones. Todo lo demás lo veía tan frágil, tan cambiante, como si los sentimientos estuvieran sujetos a circunstancias efímeras, a los efectos de la luz o del clima: si hace mucho viento te dejo de querer, si la noche es muy cerrada la persona amada no volverá.
En cambio ella siempre estaba allí. Por las tardes se sentaba en el sofá de mimbre de la terraza, cara al campo, dejando apagarse el sol en sus pechos tibios, como apaciguando lejanos cachorros de puma con la mirada, esperando el primer resplandor de la oscuridad para encender un cigarrillo.
Ahora tengo yo la edad de mi abuelo. Las manos también me tiemblan un poco al podar el rosal. El terminó aquí su vida errática, viajó por todos los continentes, en el Congo fue traficante de piedras preciosas, en Estados Unidos vendía aviones, en París abrió un restaurante de alta cocina francesa, en España restauraba castillos... y aunque tuviera una vitalidad fuera de lo normal, nunca se detuvo para intentar ser feliz. Cuando decidió retirarse en esta casa era un hombre sin ilusiones, se había convertido en un ser retraído y desconfiado, siempre con la pistola a mano, temiendo antiguas venganzas. Yo heredé su casa, su melancolía y la pistola.
En mi familia jamás ha habido un zahorí, preferimos el agua de lluvia a la de pozo, no somos gente apegada a la tierra, nos atrae lo invisible, lo intangible, somos más bien viajeros, por ese motivo, para mí la mujer de mi abuelo me resultaba irreal, porque tenía cuerpo y pelo de una raza curtida en la naturaleza, con arraigo casi vegetal, cuando se sentaba en el sofá de mimbre se convertía en una planta. Me sorprendía su sonrisa, era como si le saliera algo de dentro, como si dispusiera de una glándula especial que al mismo tiempo le iluminara el iris de los ojos y le empañara las mejillas con una resina dulce y arbórea que se me quedaba en los labios.
Como todos los veranos yo iba a pasar un mes con ellos al terminar el curso. Los años que el río traía agua veía pasar a las muchachas veraneantes por el camino. Se quitaban sus blusas de colores pálidos y se deslizaban en la corriente como flores caídas de los árboles. Salían con los pezones goteando y se ponían los pantalones entre risas claras como si el baño las hubiera impregnado de inocencia campesina.
Pero los veranos que el río estaba seco se me empolvaba el alma, no se oía ni una voz entre las cañas y los gatos se echaban a dormir indolentes al sol. Los veraneantes no venían, o llegaban por la noche pero al enterarse de que el río no tenía agua se volvían a marchar airados sin haber deshecho las maletas. Yo me levantaba más tarde y ya no encontraba a nadie por los alrededores aunque podía reconocer las huellas que habían dejado los autos en los caminos de tierra. A medio día se extendía un silencio amarillo sobre el campo y oía únicamente el ruido del viento y las tijeras de podar de mi abuelo.
La mujer de mi abuelo era una mujer madura, pero a mí me parecía que aún conservaba el olor y el movimiento de caderas de las jóvenes. Yo jamás le oí la voz, nunca hablaba, por lo visto decidió dejar de hablar cuando se le murió un hijo en un accidente, yo era todavía muy pequeño. A mi abuelo le enternecía su silencio y le acariciaba el cuello y ella sonreía de aquella extraña manera.
A los miembros de mi familia siempre les han achacado que andamos por el mundo con cierto aire distraído que denota nuestro cosmopolitismo difuso y nuestra falta de arraigo en patria alguna. Nadie cuenta con nosotros, somos como transparentes.
En un extremo del jardín había una construcción de piedra, era un cubo irregular debido a la torpeza de los albañiles que la construyeron. Mi padre, las raras veces que apareció por aquí, la llamaba la Torre de Papel. Estaba llena de libros escritos en distintos idiomas. Mi abuelo a veces subía por sus escaleras de madera y permanecía arriba durante tres o cuatro días, sin comer ni beber. Bajaba más viejo, con una vejez interior que le resecaba la piel. Su mujer entonces le daba un caldo de pollo caliente y él se sentaba en la mesa de la cocina pronunciando palabras extrañas, creo que en el idioma de sus antepasados.
A mi padre lo asocio siempre a postales y telegramas, me lo imaginaba pegando sellos en exóticas oficinas de correos. El cartero del pueblo nos traía sus cartas en bicicleta, cada verano llegaban dos o tres postales de colores y avisaba su visita con un telegrama. Mi padre se pasó la vida dando discursos, era como un conferenciante ambulante. Cuando venía en persona seguía dando conferencias domésticas, tenía buena voz, era al único que se le oía en la casa, aunque yo no prestaba mucha atención a lo que decía, cuando se marchaba no nos dábamos cuenta. Un día nos envió un disco que había grabado con su voz en algún lugar lejano y mi hermana y yo oímos atemorizados sus frases guturales, es la única vez que nos dijo que nos quería mucho. Años más tarde oi una psicofonía de un parasicólogo y recordé la voz de mi padre, como de ultratumba.
Mi hermana era la menos soñadora de la familia. Su apariencia de sílfide de pelo lacio era engañosa, en realidad estaba llena de números como una caja registradora. Sólo tenía ojos para el hijo del ingeniero de la hacienda, Jacinto, un muchacho atlético que heredaría la moderna casa con piscina de su padre. Cuanto más la ignoraba Jacinto, ella se hacía más ilusiones porque además de calculadora era de una tenacidad insuperable. Mi hermana oía con devoción la música que a Jacinto le gustaba y se pasaba el día tarareando "She loves you" de los Beatles y lavándose el pelo.
Mi abuelo se declaraba agnóstico y eso me inspiraba a mí un profundo respeto. Yo reconocía su agnosticismo en todo lo que hacía, en su manera elegante de comer, en sus andares despreocupados, en la forma como se pasaba la mano por la cabeza antes de ponerse el sombrero...
Uno de los veranos que el río no traía agua me fabriqué una honda. Conseguí una rama en forma de horqueta, de naranjo, la mejor madera, la más resistente y flexible. Corté unas tiras de caucho como dos tallarines de una cámara de bicicleta y las até fuerte a la horquilla y a un pedazo de cuero que saqué de la lengüeta de un zapato viejo. Con mi flamante honda me fui al lecho seco como un jefe indio. El río era un camino de rocas pulidas, en invierno la corriente dejaba sobre la arena restos de botellas y latas.
¿Dónde habrían ido a bañarse las muchachas de otros años? Me angustiaba el paisaje sin cuerpos, esos árboles prisioneros del bosque y ese río reseco y agrietado.
Yo apunté con mi honda a un cascote verde, lo vi brillar entre las dos diminutas ramas de mi honda, estiré el elástico, la horqueta se cimbrió hacia mí, y disparé una piedra redonda y blanca. El vidrio de la botella saltó hecho añicos por los aires. Al instante llegó un gorrión curioso, volví a apuntar, alineé su cuerpo de plumas esponjosas con el vértice de la horqueta y solté con fuerza los tallarines de caucho. El pájaro hizo el vano intento de volar pero cayó como un trapo en un pequeño barranco inaccesible que había al lado del lecho del río.
Regresé a la casa con miedo, al pasar por el camino cerca de la roca que se mantenía en equilibrio en la ladera del cerro temí que se desprendiera y me aplastara; al cruzar el cañaveral tuve más cuidado que nunca de que no apareciera una serpiente venenosa; caminaba un poco agachado como si el cielo se me fuera a caer encima.
Mi abuelo al ver que no comía me preguntó "¿de qué tienes miedo?" Al principio no le respondí, luego le dije entredientes: "de todo".
Esa noche subimos a la biblioteca de la torre y me explicó que mi conciencia no tenía ninguna relación con lo que sucediera en el mundo, ni para bien ni para mal, que sólo se es reponsable ante uno mismo.
No le creí y tuve pesadillas imaginando un maremoto vaticinado por santa Rosa, con olas más altas que los eucaliptos.
Ahora estoy yo podando los rosales. Mi abuelo está enterrado en el cementerio del pueblo pero su mujer sigue silenciosa en la terraza. Cuando murió mi abuelo mi padre volvió para montar un negocio en esta casa, pero luego desapareció y murió lejos, nos lo comunicó con una postal que decía en letra pequeñita "creo que me voy a morir, ya no me esperen".
Trato de hacer memoria pero no encuentro los años transcurridos desde mi niñez hasta la edad de mi abuelo. Sé que yo también viajé, que conocí gente que me reconciliaba con el mundo y otras que me inducían al suicidio, pero siempre con el terror de matar otro gorrión que pudiera desencadenar consecuencias imprevisibles.
Hoy estoy pendiente de la campana de la puerta, porque por primera vez viene mi nieto a pasar el verano con nosotros.
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PAGINA ACTUALIZADA EL 1/11/2006