LA LAMPARA DE UN CRETINO I.S.B.N. 84-607-0756-3
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda.
Colección "El ábaco roto". Sevilla, 2000.
Diógenes
Después de leer una cita que de él hacía Ciorán en su "Breviario de podredumbre", busqué a Diógenes con mi pantalla por todas la librerías de Internet. El filósofo no pudo, provisto de una linterna, encontrar a un hombre en pleno día, pero nosotros en plena noche, hemos encontrado su pensamiento, a pesar de que no escribiera ni una línea.
Su desapego a lo material era total. Vivía en un tonel o tinaja, desnudo, con sólo un plato para quien quisiera echarle comida y una lata para ir a buscar agua (que luego tiró al ver a un niño que bebía con las manos). Se masturbaba en público y decía: "Ojalá el hambre se calmara con sólo frotarse el estómago como pasa con el sexo". Los vecinos de Atenas le apodaron "el perro", el cínico, pero hasta Alejandro Magno se interesó por él.
La gente culta sabe que en realidad hubo dos Diógenes: Diógenes Sínope, el cínico, y Diógenes Laercio, divulgador de su pensamiento, y éste, fue varios siglos posterior al primero. Esa es la ventaja que tenemos los iletrados, que a edades avanzadas aún podemos hacer agradables descubrimientos, la incultura actúa en este caso como una virginidad tardía. "La ignorancia-, dice ese pintor-poeta limeño, José Tola-, es una forma de conocimiento, pero muy poco conocida". Al menos, es siempre provisional.
Los deficientemente instruídos tal que yo, fundimos en uno sólo a estos homónimos y a muchos más, como en un cuento borgiano: un Diógenes buscador de hombres con la lámpara apagada.
La primera vez lo vi en una plaza de Sevilla, la de la Encarnación, llevaba el pelo largo, una lata y un perro, después lo reconocí en París, Lima, Madrid, Palpa y Carabayllo. Del encuentro en la plaza de Armas de Palpa no me puedo olvidar, ya había tirado la lata y se le había muerto el perro; sus rasgos orientales se habían acentuado por el hambre, descubrimos que éramos compañeros de colegio, metimos los pies en la fuente y bebimos con las manos escupiendo lo que nos chorreaba por la boca. Ladramos un poquito, turnándonos, y nos reímos a carcajadas.
¡Qué cínicos quisiéramos llegar a ser!