PAGINA ACTUALIZADA EL 28/4/2004
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El aprendiz interminable
AURORA LUQUE
ASÍ se presentó a sí mismo el poeta chileno Gonzalo Rojas en el discurso que pronunció en Alcalá de Henares cuando le entregaban el Premio Cervantes. El propio Cervantes no hubiera desdeñado para sí tal etiqueta si se le hubiera podido preguntar.
Cervantes se ha convertido hoy, además, en una marca de España: da nombre a premios y a instituciones y es pretexto para conmemoraciones que -esperemos- convenzan a muchos de la necesidad de leerlo y releerlo. Se le quedarían los ojos abiertos como platos a don Miguel si contemplara este ir y venir con ocasión del centenario de su Quijote; se le llenarían de lágrimas esos mismos ojos si oyera palabras como las de la cervantista italiana Maria Caterina Ruta, cuando afirma, fascinada y rendida, que nadie como Cervantes ha explorado más a lo ancho y a lo hondo el alma humana.
Con la entrega del Cervantes de 2004, Carmen Calvo se ha estrenado como ministra de cultura. Ha recordado los cien años de Zambrano, andaluza y primera mujer que recibió el Cervantes: un aplauso. Ha insistido en la importancia del Instituto Cervantes como lugar de debate y como piedra angular de la política cultural en el exterior. Bien hasta ahí. Pero Carmen Calvo ha añadido que tales institutos no pueden limitarse a ser academias de español por el mundo. Creemos que convertir en secundaria esa faceta de difusión concreta de la lengua es un error. Se puede llegar a contradicciones sangrantes: los profesores que dependen del Cervantes -me informa uno de ellos- se hallan en condiciones bastante precarias de estabilidad y salario. Ni siquiera tienen el estatus de los profesores de secundaria en España. En alguna ciudad europea ni siquiera cuentan con suficientes diccionarios... A veces se apuesta por una política de relumbrón, con muchos actos e inauguraciones que se tragan los presupuestos y dan mucho brillo a las agendas, pero que no enriquecen verdaderamente si antes no se ha trabajado el menos lucido aspecto formativo. Ojalá no sea el caso de esta etapa que con tanta ilusión se acaba de emprender.
Pero volvamos a Rojas, el poeta chileno que sin duda ha conseguido firmar algún pacto secreto con Mefistófeles. A sus 86 años no ha perdido el don del juego: lo dice su atuendo desconcertante de frac y gorra marinera, y lo dicen, sobre todo, sus versos, que afirman, uno por uno, ese «fulgor encandilante de estar aquí». El poeta recibe el don azaroso de la palabra y se siente como un ser «imantado como en el amor por el encantamiento y el desollamiento». Tendremos a nuestro alcance toda la magia y el humor y el vigor verbal del poeta chileno: Gonzalo Rojas, aprendiz interminable, leerá en Málaga el viernes 30 de abril en la Sala Alameda. No se lo pierdan.
(Artículo publicado en Diario Sur Digital - Málaga. Abril 2004)
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