La discreción de los visitantes
Jamás me he topado de cara con mis fantasmas, los suelo ver en el momento que se van, como en un latigazo de luz, que se podría confundir en la penumbra con el silencioso rabo de mi perro.
Sin embargo, sé todo lo que hacen, en que sillón de la sala se han sentado, qué libro de mi biblioteca han leído, qué cigarrillo se han fumado y qué páginas de literatura han consultado en internet. Sé que hay uno que utiliza el correo electrónico para cartearse cada noche con la mujer amada y sus "te quiero" fantasmales se hunden en el profundo resplandor de mi pantalla.
También he notado que son sensuales, aficionados a prepararse bebidas de color añil con sabor a labios y oigo el tintineo impaciente de sus copas como si mantuvieran escondido el Grial en la alacena. Otras veces, se duchan con agua caliente y me empañan los espejos hasta que las claridades matutinas hacen aflorar renovados jardines en las paredes del baño.
Sé que han viajado mucho, que ni siquiera recuerdan todo lo que han amado y yo me siento obligado a rescatarlo. Ahora mis fantasmas llevan años consagrados al estudio de la poesía, y cuando amanece abrigo la esperanza de descubrir que me han dejado un verso nuevo, como un exquisito dulce en la nevera. Pero cuando desaparecen, lo único que queda es un revuelo de pijamas y palomas en mi casa, de emociones y recuerdos quiero decir, que yo intentaré verter aunque sea torpemente en este cuaderno.
PAGINA ACTUALIZADA EL 10/11/2003