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A los leyenderos de Cervantes & Cía.Autor: Leopoldo de Trazegnies Granda
Edición en rústica, 21 x 14 cm. 194 páginas.
Papel blanco de 80 gr.
Portada a todo color.
Primera edición: septiembre/2010
I.S.B.N.: 978-84-614-2720-8
Depósito legal: SE 5043-2010
BUBOK. Madrid, 2010.Si desea leer la obra completa puede comprarla impresa o bajarla gratuitamente de BUBOK
EL CABALLERO DESAMORADO
Leopoldo de Trazegnies Granda
En los primeros años del siglo XVII los lectores esperaban ansiosos la segunda parte de El Quijote, puesto que la primera había tenido un éxito inigualable, había sido lo que hoy llamamos un "best seller". Y así fue, 1614 apareció la segunda parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, pero para sorpresa de sus lectores no salía de la pluma de Miguel de Cervantes Saavedra, sino que era la obra de un impostor, Alonso Fernández de Avellaneda, que ni siquiera existía realmente porque era un heterónimo creado por un desconocido. Es probable que sin la obra apócrifa de Avellaneda, nos hubiéramos quedado también sin la segunda parte Cervantina, porque Cervantes, al enterarse de la impostura, tuvo tiempo de terminar la suya, que se imprimió un año después, en 1615. La intención del desconocido autor de la segunda parte apócrifa del Quijote era la de causarle al autor de El Quijote un daño económico y así se lo dice en el prólogo: "quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte". Pero no ocurrió como el falsario lo tenía planeado porque la aparición de la segunda parte auténtica ensombreció toda posibilidad de éxito de la apócrifa.
Sus contemporáneos entendieron que la obra de Avellaneda era una venganza, escrita desde el rencor por uno o varios de los que se consideraban agraviados por la suficiencia de Cervantes. El Parnaso español del Siglo de Oro estaba lleno de envidias y resentimientos. El falso Quijote no tuvo éxito, no se reimprimió hasta 1732 (sin contar una segunda edición poco conocida), es decir ciento dieciocho años después de la primera edición, al contrario que el de Cervantes que tuvo muchas reediciones en los primeros años del siglo XVII.
En los siglos posteriores los críticos literarios han tratado la obra de Avellaneda con cautela, ignorándola las más de las veces, con esa mezcla de pudor y vergüenza que inspiran las obras espúreas. Los críticos no han querido tenerlo en cuenta, tal vez por temor a hacerle sombra al auténtico Caballero cervantino. Ha sido históricamente repudiado. Hubo casos extremos como el de José Fernández Bremón, por ejemplo, que proponía quemar todos los ejemplares apócrifos.
Miguel de Unamuno en su profuso analisis del Quijote no se digna mencionarlo, ni siquiera cuando analiza el capítulo LXXII que Cervantes dedica íntegramente al encuentro de Don Quijote con ese personaje de Avellaneda que se ha colado en sus aventuras y que dice haber conocido al "otro" Don Quijote. El único comentario de Unamuno es: "Prosiguieron su camino, se encontraron en un mesón con don Álvaro Tarfe; a los dos días acabó con sus azotes Sancho, y a poco divisaron la aldea". No pudo ser más lacónico el catedrático de Salamanca para referirse indirectamente al apócrifo. No nos da ni una pequeña explicación de quién es ese extraño personaje de Avellaneda, el caballero Álvaro Tarfe, que Cervantes incluyó en la segunda parte de su obra. Pasa de puntillas como ante un pariente proscrito y lo nombra porque sabe que de no hacerlo su ausencia sería más llamativa que su presencia.
Vicente Gaos considera que "el protagonista de la obra de Avellaneda es... por completo ajeno al de la obra de Cervantes". Con estas palabras trata de salvar la unidad de las aventuras quijotescas de la segunda parte, sin embargo sabemos que no es así ya que el propio Cervantes incluye en su segunda parte a personajes del Quijote de Avellaneda como es el citado don Álvaro Tarfe y también menciona a su émulo falso dentro de sus aventuras. Si Cervantes no tuvo miedo de citar a su impostor ¿por qué lo habrían de tenerlo sus críticos? Lo único que dice Gaos sobre Avellaneda es que "no era de fiar".
Sin embargo, es probable que si Miguel de Cervantes no hubiera escrito la segunda parte, el Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda habría sido tan famoso como el del genial alcalaíno.
El de Avellaneda es la continuación natural del personaje cervantino pero con significativas variantes. Avellaneda le da un nuevo título a Don Quijote, el de Caballero Desamorado. No es algo gratuito, una de las principales diferencias entre los dos Quijotes es que el de Cervantes ama y confía en Dulcinea "nunca fui desdeñado de mi señora" le confiesa al Caballero del Bosque, en cambio el de Avellaneda ha sufrido una gran decepción amorosa, ha sido despechado y se ha desenamorado de ella, podríamos hasta pensar que se ha vuelto algo misógino. Muchos son los episodios donde lo manifiesta expresamente. Al pasar por el pueblo de Ariza, por ejemplo, quiere colgar un cartel en un poste de la plaza que diga:
"Cualquier caballero natural o andante que dijese que las mujeres merecían ser amadas de los caballeros mentía... bien que merecían ser defendidas y amparadas en sus cuitas... pero que en lo demás, que se sirviesen los hombres dellas para la generación..."
Lo dice por despecho. Haber sido rechazado por Aldonza, la Dulcinea mítica, le ha dolido más que todas las palizas recibidas en la primera parte y ya no quiere saber nada de bellas damas ni de encantadoras princesas. El Quijote de Avellaneda es un caballero malhumorado y se expresa contra las féminas con ira. Sin embargo la decepción lo ha humanizado y en momentos de serenidad reconoce que no ha dejado de ser un romántico incorregible y apunta la posibilidad de un nuevo amor:
"Pues Dulcinea se me ha mostrado tan inhumana y cruel y, lo peor es, desagradecida a mis servicios, sorda a mis ruegos, incrédula a mis palabras y, finalmente, contraria a mis deseos, quiero probar (a imitación del Caballero del Febo, que dejó a Claridiana, y otros muchos que buscaron nuevo amor) y ver si en otra hallo mejor fe y mejor correspondencia a mis fervorosos intentos..."
No pasó mucho tiempo antes de que don Quijote cayera rendido ante otra mujer, una prostituta de Alcalá llamada "Bárbara la de la cuchillada", pero que el Caballero Desamorado toma por "la gran Zenobia, reina de las Amazonas", en una aventura hilarante.
El caballero Desamorado es igual de fanático que el de la Triste Figura pero menos ingenuo. El haber sido rechazado por Dulcinea del Toboso lo hace menos idealista y más realista, aunque en nada ha mejorado su locura.
El Quijote de Avellaneda tiene mayores delirios de grandeza, circunstancia que lo hace aún más risible y Avellaneda acentúa este aspecto de su obra, construye su sátira a costa de la sátira de Cervantes. Algunos capítulos están concebidos como verdaderos relatos de humor. En el décimo, relata "cómo don Álvaro Tarfe convidó ciertos amigos suyos a comer, para dar con ellos orden qué libreas habían de sacar en la sortija" y convencen a Don Quijote entre burlas y veras de participar en los juegos de anillas de las fiestas de Zaragoza en su rocín ridículamente pertrechado con todas sus piezas y armas de Caballero Andante. Don Quijote acepta complacido porque "suele suceder, en semejantes fiestas, venir algún famoso gigante o descomunal jayán, rey de alguna isla extranjera, y hacer algunos descomedidos desafíos contra la honra del rey o príncipes de la ciudad".
Utiliza Avellaneda de contrapunto al sensato caballero granadino don Álvaro Tarfe, que fascinado por la imaginación del hidalgo manchego, y de su gracioso escudero, le alienta en su disparatado delirio.
Avellaneda crea nuevos personajes, como el citado granadino, pero a su vez transmuta otros de la primera parte cervantina en sus equivalentes; como hemos visto, la rústica Aldonza, su sublimada Dulcinea, se convierte en la prostituta Bárbara con un tajo en la cara, idealizada por el Don Quijote de Avellaneda en la bellísima reina Zenobia.
La reacción de Cervantes ante la aparición del Quijote apócrifo fue literaria. Se dio prisa en sacar su continuación auténtica en donde no sólo menciona su propia primera parte sino que también toma como ciertas las aventuras del Quijote de Avellaneda, recalcando que se trata de un impostor que se hacía pasar por Don Quijote.
Al mencionar Cervantes su primera parte en la segunda introduce a los lectores en la ficción de su obra al mismo nivel que sus personajes porque tanto unos como otros conocemos la primera parte y por tanto ya nos situamos en el mismo plano casi como si fuéramos contemporáneos. Pero al referirse a las aventuras apócrifas y reconocer la existencia de un don Álvaro Tarfe, noble granadino, personaje de la obra de Avellaneda, está creando un espacio de ficción común del que participan las dos obras.
Don Álvaro Tarfe le cuenta al Ingenioso Hidalgo cervantino que ha conocido en Zaragoza al Caballero Desamorado y que hizo gran amistad con él. Cervantes acepta la existencia de ese otro Quijote de vida paralela al suyo y permite que su Don Quijote se interese por su homónimo preguntándole:
"Y dígame vuesa merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal Don Quijote que vuesta merced dice? ... ¿Y ese Quijote traía consigo a un escudero llamado Sancho Panza?"
El caballero granadino le contesta que no se parece en nada al Don Quijote que él conoció y que es verdad que traía un escudero llamado Sancho Panza reputado por muy gracioso, aunque "nunca le oí decir gracia que la tuviese".
Cervantes se burla de Avellaneda haciéndole ver que su Sancho Panza no era tan gracioso como el suyo, y dice esto a pesar de que en el Quijote de Avellaneda don Álvaro Tarfe no ha parado de reírse de las ocurrencias de Sancho. Cervantes hace que don Álvaro Tarfe mienta o se desdiga con lo cual deja en ridículo la obra de Avellaneda por agradar al Quijote de Cervantes. Mezcla hábilmente la ficción con la realidad.
El que sí se indigna al conocer la existencia de su suplantador es Sancho Panza que comenta: "y ese Sancho que vuesa merced dice, señor gentilhombre, debe ser algún grandísimo bellaco... que el verdadero Sancho Panza soy yo que tengo más gracias que llovidas". Y agrega que el verdadero Don Quijote, el famoso, el "enamorado... es este señor que está presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño."
Cervantes concentra el humor en la figura de Sancho, pero él no se ríe nunca, sempre se toma en serio como todo chiflado, a lo más, dedica ligeras burlas a su fiel escudero por la ignorancia en asuntos de caballería que demuestra. Y Cervantes hace que el gentilhombre granadino describa al Sancho apócrifo como un tonto comilón, dejándolo en ridículo. Y no le falta razón, porque el escudero de Avellaneda es más zafio, de insulto fácil, con el "hideputa" siempre a flor de labios.
Finalmente Don Quijote termina solicitándole a don Álvaro una declaración firmada ante el alcalde de que el único y auténtico Don Quijote es el que tiene delante con su escudero Sancho Panza y que el Caballero Desamorado que conoció en Zaragoza es un simple usurpador de su fama.
El caballero granadino accede amablemente a su petición, perplejo de haberse encontrado en su viaje a Granada a dos Don Quijotes, ambos locos de atar con parecidos delirios y cada cual con su respectivo escudero llamados de la misma manera. Pero Cervantes quiere dejar bien claro que su Don Quijote y Sancho son los auténticos y los otros son unos advenedizos que se hacen pasar por ellos.
La genialidad de Cervantes estriba en no negar las aventuras del Quijote de Avellaneda sino en incorporarlas a la verdadera historia de su Don Quijote. Con lo cual lo convierte en un impostor contemporáneo al suyo que realizó sus aventuras en distintos lugares de la geografía peninsular pero al mismo tiempo. De esa manera Cervantes diluye la fabulación de Avellaneda en la realidad de su propia ficción quijotesca donde el protagonista indiscutible es su ingenioso hidalgo Don Quijote.
Habría sido ya un ejercicio surrealista hacer que se encontrasen y se retaran los dos Don Quijotes. El hidalgo de la Triste Figura, el verdadero, le confiesa a don Álvaro que evitó entrar a las justas de Zaragoza y prefirió seguir camino hacia Barcelona por no dejar en evidencia al falso Quijote que sabía que se hallaba en dicha ciudad. Es un último gesto de nobleza de Cervantes hacia Avellaneda.
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