MIS FANTASMAS

        Jamás me he topado de cara con mis fantasmas, los suelo ver en el momento que se van, como en un latigazo de luz, que se podría confundir en la penumbra con el silencioso rabo de mi perro.

        Sin embargo, sé todo lo que hacen, en que sillón de la sala se han sentado, qué libro de mi biblioteca han leído, qué cigarrillo se han fumado y qué páginas de literatura han consultado en internet. Sé que hay uno que utiliza mi correo electrónico para cartearse cada noche con la mujer amada y sus "te amo" fantasmales se hunden en el profundo resplandor de mi pantalla.

        También he notado que son sensuales, aficionados a prepararse bebidas de color añil con sabor a labios y oigo el tintineo impaciente de sus copas como si celebrasen en secreto el santo Grial escondido en la cocina.

        Otras veces, se duchan con agua caliente en mi baño y me empañan los espejos hasta que las claridades matutinas hacen aflorar renovados jardines en los azulejos del baño.

        Sé que han viajado mucho, que ni siquiera recuerdan todo lo que han amado, por eso yo me he sentido obligado a rescatarlos en este cuaderno. Ahora mis fantasmas llevan años consagrados al estudio de la poesía, y cuando amanece abrigo la esperanza de descubrir que me han dejado un verso nuevo, como una exótica fruta en la nevera.

        Desaparecen en un revuelo de pijamas y palomas, de emociones y recuerdos quiero decir, y encuentro breves notas dispersas por mi casa.

Hoy me han dejado sobre mi mesa de trabajo:

"Si dibujas una sonrisa jamás podrá ser borrada".

Y en el jardín:

"La bruma suele ocultar bellas figuras".

Y en la cama:

"Dichosos los que se sienten amados porque al amanecer se sentirán más fuertes".

 

(Pasajeros de otros barcos. L. Tamaral (Lima 1902 - Sevilla, 1992).