CRÓNICAS DE LA VIDA QUE PASA
Fernando Pessoa
Edición, introducción y notas
de Pedro Sepúlveda
Traducción
de Juan Carlos Postigo Ríos
Hermida Editores (1ª edición. Madrid, Feb/ 2019)
PESSOA O EL DESMANTELAMIENTO DE LO BANAL Se puede decir que Fernando Pessoa fue un existencialista “avant la lettre” como llaman los franceses a los que se adelantan a un movimiento literario. Aunque Kierkegaard ya había sentado las bases del existencialismo, Pessoa desarrolló su literatura de la "existencia paradójica" anticipándose a Gabriel Marcel, Jean Paul Sartre o Alberto Camus. Se le puede considerar pionero de un existencialismo-surrealista-racionalista, términos que serían contradictorios en cualquier otro escritor pero no en Pessoa que era aparentemente incoherente..
Retrato de Fernando Pessoa por la pintora
Carmen Panadero Delgado
"HOMENAJE A PESSOA 1888-1988" (1988).
70x50 cm.- Gouaches y tinta/papel.- Colección privada de Madrid.
El libro que nos ocupa contiene los artículos que el escritor portugués publicó en el diario O Jornal en 1915 bajo una columna titulada “Crónicas de la vida que pasa” donde analiza la identidad de los portugueses y la suya propia, hasta que lo despidieron por publicar “groserías”, pero la verdadera razón era que removía las conciencias y turbaba el espíritu de los sensatos lectores de O Jornal. Aquí se encuentra gran parte del pensamiento pessoano. Estos textos no fueron publicados en castellano hasta 2019 que lo hizo Hermida Editores en una primera edición traducida por Juan Carlos Postigo, que es la que ha llegado a mi poder.
Pessoa nos asombra en cada línea por su humor y la profundidad de su pensamiento, cosas que en él no eran incompatibles. Se considera un simple recortador de paradojas, pero luego se contradice diciendo: “Esto puede parecer una paradoja, a quien pudiera creer ingenuamente que hay paradojas en este mundo”. Para él, las paradojas son el acontecer normal, lo extraño son lo que llamamos casos corrientes. Así, la coherencia resulta siendo una enfermedad rara.
Para Fernando Pessoa el hombre no es un ser monolítico, sino un ser que se renueva en cada instante y por tanto la coherencia no es una de sus características esenciales.
Critica a sus compatriotas por haber perdido la capacidad de innovar para comportarse como un ejército. El portugués, dice, actúa siempre en grupo y no deja de estar pendiente de los demás. “Nos parecemos mucho a los alemanes […] por eso aquí, como en Alemania, nunca es posible determinar responsabilidades; éstas se atribuyen siempre a la sexta persona en un caso donde sólo intervienen cinco”. Reflexiones que se podrían aplicar no sólo a los lusitanos sino a todos los habitantes de la península ibérica e hispanos de allende los mares.
Se queja del exceso de disciplina de sus compatriotas y afirma que Portugal necesita un indisciplinador que perturbe las almas y desoriente los espíritus. No lo dice, pero claramente se nota que él ha tomado ese ingrato papel. Pessoa es un provocador porque es la única manera de despertar conciencias. “Las convicciones profundas sólo las tienen las criaturas superficiales [… ellos] son los íntegros, los coherentes”. Estas personas, que piensan poco, suelen tener un pensamiento que consideran vital, fundamental en sus vidas. Los demás nos movemos en la sana incertidumbre humana. El hombre, para Pessoa, debe inventarse en cada instante, es la única manera de ejercer la libertad. Esto nos recuerda a Sartre que opinaba que la libertad se pierde en el mismo momento que se ejerce porque se eliminan todo el resto de posibilidades. Se trata de vivir intensamente en tiempo presente. “Yo soy, porque estoy aquí ahora” decía el sabio Tamaral, iconoclasta peruano, que por algo fue discípulo de Sartre en la Ecole Normale Supérieure de París y afín a Pessoa en el tratamiento de sus heterónimos.
Las opiniones del escritor portugués escandalizaban a los lectores de O Jornal. “El traidor es simplemente un individualista”, decía a sus compatriotas en plena primera Guerra Mundial, cuando Portugal, aliada del Reino Unido, batallaba en dos frentes, el africano de Mozambique y Angola y en el europeo de Flandes. “La traición, lejos de ser un acto condenable, no pasa de ser una opinión política, filosófica incluso” para Pessoa. No ocultaba sus simpatías por la enemiga Alemania, era otra de sus paradojas, pero en este caso habría un componente importante de deseos de escandalizar.
Pessoa le confiere al traidor el valor de pensar en contra de los principios indiscutiblemente aceptados por sus compatriotas. El que traiciona se aparta y lanza su propia batalla individual. Pessoa equipara la traición a la propia guerra porque ambas se rigen por la misma moral: los estadistas que llevan al pueblo a la guerra comprometen a la patria y no pueden decir que lo hagan por razones filosóficas, como en la mayoría de los casos lo hace el traidor, sino por razones económicas o de odio étnico o religioso, que es mucho peor. El traidor lo hace de forma individual y el estadista compromete a toda la colectividad para obtener el mismo resultado.
Uno de sus artículos políticos escritos en 1915 que ya no pudo publicar en el O Jornal por haber sido despedido, tiene rabiosa actualidad ahora liderada por Donald Trump. Ciento diez años antes, parece que se estuviera refiriendo a la corriente reaccionaria y autoritaria que está invadiendo al mundo desde principios del siglo XXI. Está claro que los problemas son los mismos en todas las épocas y lo único que varía es la forma de resolverlos.
Se sorprende el autor portugués que los críticos no consigan conciliar la idea tradicional de la juventud que siempre está dispuesta a luchar por la Justicia y la Libertad, con su actitud actual en muchos casos partidaria de un autoritarismo reaccionario y opresivo. No saben cómo explicarlo y lo atribuyen a que la juventud actual está desgastada y degenerada, como sus propios mandatarios. Tal vez no lo esté tanto.
Las razones pueden encontrarse en que en el siglo XIX la ciencia predominante era la biología que entraba en conflicto con la religión y estaba en auge el ateísmo y anticlericalismo. Hoy la sociología ha tomado su lugar. Han desaparecido los grandes temas sobre la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad propuestos por la Revolución Francesa y está en auge la Economía. Las preguntas serían: ¿Están los jóvenes dispuestos a renunciar a su Libertad con tal de adquirir mayor riqueza? ¿Están dispuestos a admitir la injusticia de los poderosos con tal de verse beneficiados con sus migajas? ¿Están dispuestos a eliminar la Democracia a cambio de no rendir cuentas de sus actos?
Un factor de gran importancia para explicarnos el inexplicable acercamiento de las nuevas generaciones a políticas reaccionarias es “la triste experiencia de las realizaciones democráticas”. Los jóvenes no ignoran que los derechos derivados de la R. F. los consiguieron las generaciones posteriores con revoluciones en muchos casos sangrientas y peleas dialécticas que fueron poco a poco venciendo la injusticia. Pero también han visto que esos mismos luchadores que consiguieron implantar la Democracia, en cuanto llegaban al Poder se corrompían y caían en la concusión y el desfalco. La Democracia siempre lleva consigo un lastre de corrupción, pero al mismo tiempo dispone de la vacuna: la Justicia. Toda solución alternativa es reaccionaria y autocrática. Aún no se ha descubierto “la teoría política que pueda renegar de la Democracia y del conservadurismo corrupto al mismo tiempo”.
Mientras tanto, la juventud cae en los partidos políticos reaccionarios que prometen resolver los males del momento por medios drásticos y autoritarios, sin saber que eso es lo que había ya antes y tampoco funcionaba.
El autor portugués termina su artículo con un hilo de esperanza. Una parte de la juventud de hoy no ha olvidado los crímenes y los errores cometidos por los políticos que precedieron a la Democracia. Son los equilibrados, los sensatos, de donde nacerá la nueva política, la nueva Democracia.
* * * Leopoldo de Trazegnies Granda (Sevilla, 2025)
Leopoldo de Trazegnies Granda (Sevilla, 2025)